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Los últimos casos de vertidos aparecidos
en la ría de Avilés han convulsionado el panorama político de
la ciudad. En los últimos meses, se han encontrado diferentes
vertidos cuyo origen todavía hoy desconocemos. El caso es que,
aun siendo un problema con mayúsculas para la salud de la ría,
es ahora cuando se rasgan las vestiduras algunos políticos.
Porque la ría de Avilés siempre estuvo limpia; vamos, que
incluso algunos se habrían planteado en su día concederle la
bandera azul en reconocimiento a la pulcritud de sus aguas.
Hoy, por suerte, el cauce aparece con un aspecto que podemos
considerar aceptable, sobre todo si lo comparamos con la
imagen de hace 10 o 15 años. Por lo tanto, el problema en
Avilés quizá sea menor que hace 10 años, de no ser por la
influencia de las teorías del cambio climático, discutidas o
aceptadas según convenga en el mundo político. Todo esto
conlleva una repercusión mediática inusual para los hallazgos
de las manchas; lo que antes era un viajero más, hoy se ha
convertido en arma política. Lo cual me disgusta
profundamente, porque se pierde la esencia del problema y nos
lleva a una visión poco nítida de la verdadera naturaleza del
problema. En mi opinión, lo fundamentalmente importante es
contextualizarlo. No estamos hablando de un hecho aislado y
puntual, sino que, como ya sabemos, se han venido repitiendo
estas escenas a lo largo de los años; pero ahora los que
contaminan procuran ser más discretos. Pero siguen siendo los
mismos. Las grandes empresas de la industria pesada han sido y
son el foco principal de los problemas de contaminación y
polución que nos afectan. Pero también han sido y son una
fuente básica de la economía local. Muchas son las familias
dependientes económicamente de estas actividades diarias, y a
ellos les importará más el plato de comida que la limpieza de
la ría (aunque lo segundo es también digno de tener muy en
cuenta). Y si atamos cabos, la solución de un problema
conlleva el que el otro se agrave. Si alguna de las empresas a
las que se han señalado directamente como culpables reducen su
actividad y se ajustan a la normativa que se promulgó en
Kyoto, es más que probable que nos encontremos con una
sustancial reducción de plantilla. En sentido contrario nos
encontraríamos con una ría de color negro y con más familias
depedendientes de la industria. Por supuesto hay términos
medios que es precisamente lo que hoy tenemos, pero es la
esencia y la raíz del problema lo importante, aunque muchos y
muchas figuras de la política local parecen más empeñados en
sacarles los ojos al contrario que en ofrecer una solución
efectiva al problema. Si queremos solucionar los vertidos,
bastará con un mínimo de paciencia para conseguir las pruebas
suficientes y acusar al culpable. No podemos esperar otra
cosa, porque es la única vía posible, para que el final de
este cuento de piratas acabe bien para todos. Recordemos que
hablamos de la economía de la ciudad y de la salud de la
ciudad, no de hacer política con ello para desbancar al
contrario, arrimándonos a donde mejor convenga según la
dirección del viento. Preguntémonos qué harían los que hoy
protestan por los vertidos si mañana Arcelor Mittal decidiese
incrementar la inversión, con la consecuente ampliación de
plantilla y producción, en Avilés… ¿Seguirían acusando al
gigante del acero?
Álvaro Carreira
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