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Las
estadísticas nos dicen que casi la mitad de las parejas que se van a constituir
como matrimonio a lo largo de este año se disolverán durante el año siguiente.
Se genera así la paradoja de que el modelo escogido por el ser humano para
pervivir y mantener la especie (es decir, la familia) se convierte en una fuente
de profunda insatisfacción para miles de personas.
Ante esta contradicción nos preguntamos que es lo qué ocurre, qué proceso
experimenta una relación desde la inicial y potente atracción hasta el primer
conflicto. Para ello, es preciso aproximarse al fenómeno del enamoramiento y
describir qué es lo que hace que nos enamoremos de una determinada persona.
Cuando encontramos a la persona deseada se dispara la señal de alarma, se
produce una fuerte reacción química en nuestro organismo. A través del sistema
nervioso el hipotálamo envía mensajes a las diferentes glándulas del cuerpo,
ordenando a las glándulas suprarrenales que aumenten inmediatamente la
producción de adrenalina, provocando una serie de efectos incontrolables: el
corazón late más deprisa, la presión arterial sube,…. Los síntomas del
enamoramiento son el resultado de complejas reacciones químicas que nos hacen
sentir a todos aproximadamente lo mismo, aunque nuestro amor lo sintamos como
único en el mundo.
Novedosos estudios han identificado algunas de las sustancias responsables del
amor: la dopamina (hormona de la felicidad), la feniletilamina (muy presente en
el chocolate) y la oxitocina (implicada en el deseo sexual), resaltando que
todas estas sustancias son relativamente comunes en el cuerpo humano, pero
solamente son encontradas juntas en las etapas de la conquista.
Con el tiempo, el organismo se hace resistente a los efectos de estas
sustancias, lo que provoca que la intensa fase de la atracción no dure mucho
tiempo, la actividad química decae. La pareja, entonces, se encuentra ante una
dicotomía, separarse o habituarse a manifestaciones más cotidianas del amor:
compañerismo, afecto, respeto, tolerancia…. La pareja que permanece es la que
madura, y la madurez se alcanza superando todos los pequeños y grandes
conflictos que surgen en las diferentes fases por las que atraviesa la relación.
Desde la Psicología se observa claramente un aumento de conflictos y situaciones
de crisis desde el momento que la pareja decide avanzar, dar un paso más, y toma
la decisión de empezar una convivencia en común. Aquí empiezan los primeros
sentimientos de desengaño, aparece la monotonía con las rutinas y obligaciones
de cada día, hacen acto de presencia las costumbres y manías de la pareja; y al
sentimiento de insatisfacción se le une la desmitificación del otro y la
sensación de equivocación, de engaño.
Cada uno proviene de una familia con códigos de comunicación específicos, con
valores propios, con hábitos arraigados (“…en mi casa siempre se hizo así…”);
por ello es necesario un esfuerzo constante de adaptación a una realidad
cambiante. El inicio de la convivencia debe enfocarse como un proceso, donde la
mejor habilidad que debemos desarrollar y entrenar es la comunicación. La
comunicación cuando hay amor parece tarea fácil, pero en realidad no lo es. A lo
largo de las terapias se ha podido observar que las parejas que mejor pronóstico
tienen no son aquellas que más cosas poseen en común, sino las que muestran
mayor habilidad en la comunicación para llegar a acuerdos.
Las parejas han cambiado. La evolución de las relaciones ha ayudado a que la
pareja de hoy en día esté formada y asentada sobre una base muy diferente a de
nuestros padres y abuelos. Pero la explicación del por qué funcionan unas
parejas y otras no sigue siendo básicamente la misma. Los cimientos sobre los
que debe construirse una relación se centran en el apoyo mutuo, en el compromiso
de construir algo juntos, sacrificios para conseguir cosas para el otro,
respeto, amistad y lucha por los mismos objetivos.
Las parejas que funcionan han sabido, no sin poco esfuerzo, compartir estos
aspectos y llevarlos a la práctica con éxito en su vida diaria y a lo largo de
las diferentes fases de la convivencia. En la juventud, el reto es acoplarse y
mantenerse unidos; en la madurez superar los problemas relacionales y
familiares; y en la vejez, saber convertir la convivencia en respeto y apoyo
recíproco.
No debemos olvidar que las relaciones y la convivencia en nuestra sociedad
actual son muy diferentes a lo que la literatura, el cine, la poesía o los
cuentos nos muestran al narrarnos una historia con una escogida música y un
guión elaborado, donde el final suele ser la recurrente frase “…y fueron felices
y comieron perdices”. Pero, debemos de tener presente que el guión de nuestra
relación de pareja lo escribimos nosotros día a día.
Lourdes Dibuja Barreiro,
Psicologa
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